viernes, 13 de marzo de 2009

Nespresso estrena 5 nuevos Grands Crus


Cuando todos esperábamos su nueva Limited Edition, Nespresso nos sorprende con el lanzamiento de cinco nuevos Grands Crus, tres Espressos Pure Origin y dos Lungos, 5 Revelaciones de los sentidos, como la casa ha llamado a estas incorporaciones.

Nespresso propone a los amantes del café intenso tres variedades de origen puro: Indriya, de India, "enérgico y picante", un intensidad 10 que promete sensaciones sorprendentes; Rosabaya, de Colombia, "afrutado y equilibrado", un fuerza 6; y Dulsâo, de Brasil, "dulce y suave", con intensidad 5, que sospecho será mi favorito porque de allí proceden los cafés que suelo preferir.

Para quienes disfrutan más con un largo, las novedades que se suman a esta gama son Fortissio Lungo, "rico e intenso" (fuerza 7) , y Finezzo Lungo, "floral y refrescante" (intensidad 3). Este último en realidad es una variación del Finezzo, que desaparece; el sustituto pierde un grado de intensidad y, lo mismo que los otros largos, ve actualizada su imagen al pasar a presentarse en cápsula de color satinado. De hecho Nespresso aprovecha para introducir ese cambio en todas las variedades que editaba en mate y así pone al día su imagen.

Los tres Pure Origin son un poco más caros que los Grands Crus habituales, 3,70 euros la caja con diez unidades (los espresso, 3,30 euros la misma cantidad y los lungo, 3,50 euros la decena).

Nespresso aún no ha actualizado la información de sus lanzamientos en la web (de hecho siguen hablando de sus "12 grandes cafés"), aunque ya pueden comprarse, así que, ¡a catar tocan! Ah, por un pequeño tiempo sigue disponible el Finezzo que se retira.

Las palabras de presentación de cada nuevo espresso son evocadoras: Indriya, con notas de cacao, pimienta, nuez moscada y clavo, procedentes de las especias que se cultivan alrededor de la plantación de su procedencia, es "enérgico como la lluvia del monzón" y se presenta en una cápsula de color gris verdoso; Rosabaya, "brillante como la flor de orquídea", en un rosa suavísimo, tiene aromas frutales, con reminiscencias a vino (grosella negra, arándano y grosella roja); Dulsâo, en un delicado dorado, voca la miel, la malta y el sirope de arce, "una caricia como la de los rayos del sol", "rara y voluptuosa".

También las de los lungos: Fortissio Lungo, "rugiente como la fuerza de un volcán", tiene una base amarga, sobre la que resaltan los matices vegetales y amaderados, y Finezzo Lungo, que conjunta azahar, jazmín y bergamota, es "delicado como un ramo de jazmines".

Irresistible, ¿no?

Foto: El nuevo Rosabaya, un Pure Origin de Colombia.

miércoles, 25 de febrero de 2009

El whisky de malta (y II): La espera, la intervención angelical y la elección del gran final


Habíamos dejado nuestro cut en las barricas, curándose, envejeciendo.

Habrán de pasar, al menos, tres años para que podamos decir que tenemos whisky, aunque lo normal es que se deje envejecer más tiempo. Transcurrido este -3, 12, 15, 18, 21, 30 años-, llega el momento de abrir las barricas. Nos encontraremos con que no está todo cuanto allí pusimos. Falta, como ya apuntaba nuestro amigo Blogolist, la parte de los ángeles (the angels' share), que es lo que, a través de la madera, se va evaporando, y que en un whisky envejecido unos 30 años puede llegar a un 75%.

En ese momento el whisky suele tener entre 50 y 65 grados de alcohol. Y a partir de aquí hay que tomar varias decisiones de cómo vamos a embotellarlo.

Podemos, aunque es lo menos habitual, hacerlo tal y como sale del barril. Estaríamos ante un barrel strength. Son muy pocas las destilerías que comercializan este tipo de whisky. Lo más normal es bajarle el grado alcohólico, de una forma tan sencilla como añadirle agua (cristalina y de manantial, por supuesto), para que nos quede un whisky de en torno a 40º de alcohol.
Si embotellamos whisky de una sola barrica, estaríamos ante un single cask o single barrel, si bien esto no es tampoco lo más habitual.

Lo normal es combinar varios whiskies. En este caso, la antigüedad marcada en la botella será la del más joven de ellos; esto es, si nos ofrecen un 15 años, quiere decir que ninguno de los whiskies utilizados en la mezcla tiene menos de esa edad, aunque seguramente la mayor parte de la composición tenga más.

Aquí pueden darse dos casos: que todos los licores mezclados sean de la misma destilería, en cuyo caso estaríamos ante un single malt, o que procedan de varias, y entonces hablaremos de un pure malt o blended malt. En el primer caso, el nombre del whisky suele ser el de la destilería. En el segundo, obviamente, no. No obstante, no se llamen a equívocos, pues hay excelentes pure elaborados por pequeños embotelladores independientes que mezclan maltas de las destilerías más prestigiosas, obteniendo unos caldos maravillosos, como el Monkey Shoulder (que se nutre de barricas elaboradas por Glenfiddich, Balvenie y Kininvie). Otros pure malt bien conocidos son Hankey Bannister (el favorito de Sir Winston Churchill) y el Johnnie Walker Green Label, en cuya etiqueta podremos encontrar los nombres de las destilerías de origen de los whiskies utilizados en su elaboración, como Talisker -cuyos caldos bebe, con buen criterio, el chico de Laura- o Caol Ila). Por eso la aventura comienza leyendo la etiqueta.
¿Forma de degustar un malta? Pues, a elección del agraciado bebedor: solo, con unas gotas de agua o con hielo -en este caso, se recomienda un sólo cubito y bien grande, que no se derrita con facilidad-.

Ahora, la cata,  como toda la vida de Dios: en copa de cata -aquí la llamamos catavinos-, y en sus cinco fases de rigor: vista, nariz a parado, nariz en movimiento, paladar y retronasal. ¿Me permiten un juego? Preparen tres whiskies distintos. Cátenlos como hemos dicho, en cinco fases. Cuando hayan terminado con el último, vuelvan al primero y al segundo. Las notas olfativas y gustativas habrán cambiado.

Para terminar, sólo decir que las dos grandes regiones del whisky de malta son Speyside (de donde son, por ejemplo, Benromach -a algunos de cuyos productos dedicaré pronto un post-, The Macallan o The Glenrothes), e Islay (de donde son Lagavulin, la ya mencionada Caol Ila o Bowmore). Serían los Rioja y Ribera del Duero, sin perjuicio de otras denominaciones. Los Speyside se caracterizan por su elegancia, complejidad y toques ligeremente ahumados. Los Islay se hacen en unas islas azotadas por el mar, los vientos y la lluvia, y son caldos con notas saladas, yodadas y fenólicas. Una delicia, oiga.

Y ahora, vayan y disfruten. Y guárdenme algo, que aunque no sea un ángel, creo que merezco también mi parte, ¿no?

Foto: Una copa de whisky preparada para la cata.

sábado, 21 de febrero de 2009

El whisky de malta (I): El proceso


Hace tiempo que tenía en cartera un post sobre un whisky muy especial de la firma Benromach que recientemente descubrí. Pero hace unos días me invitaron a una cata de varios productos de la casa Glenfiddich y me di cuenta de que unas entradas previas sobre el whisky de malta y alrededores aumentaría el posterior disfrute de los post sobre destilados concretos.

Dicen del whisky que lo inventaron los irlandeses, lo mejoraron los escoceses y lo jodieron los americanos. Y aunque supongo que en la isla de Malta harán whisky, no nos referimos a ese, sino al que se elabora en Escocia con cebada malteada.

El proceso de malteado consiste en la previa germinación de la cebada (que puede ser de cualquier procedencia, incluso países del Este), a fin de que el almidón se transforme en azúcares. Esto se hace empapando el grano, cambiándose el agua a diferentes temperaturas 3 ó 4 veces a lo largo de unostres días. Después, el proceso de germinado sigue de 10 a 15 días en los que el grano se coloca en unas cajas o cilindros en los que se insufla de forma continua aire caliente y seco (antiguamente se extendía el grano en un suelo de madera en un habítáculo caliente y seco, pero se ha abandonado).

Una vez alcanzado el grado óptimo de azúcar, se pasa el grano a unos hornos de carbón, donde el intenso calor paraliza la germinación, y así queda convertida la cebada en malta. Al carbón se añaden diferentes dosis de turba, que produce un humo que hace que el grano se impregne de un sabor ahumado muy característico (Lagavulin, por ejemplo, hace unos whiskies muy ahumados).

Tras esto, se deja la malta enfriarse durante unas semanas, se muele y después se procede al mashing, consistente en añadir a la malta molida agua caliente, dejarla unas horas, y sacar una especie de zumo de malta. Este proceso se repite varias veces y tiene como objetivo sacar el azúcar del grano.

A ese mosto se le añade la levadura, y se deja fermentar durante unas 48 horas, cuidando de que la temperatura no suba de 34ºC, pues esto cortaría la fermentación y se obtendría un grado alcohólico muy pobre. El resultado es una especie de cerveza llamada wash, que se somete a destilación.

La cabeza y la cola del fruto de la destilación se desechan (son los llamados low wines, de menor calidad y grado alcohólico, que se vuelven a añadir a otros wash para una nueva destilación, separándose el corazón de la destilación (el spirit).

Debe destacarse que desde el mosto entra en una cuba cerrada y sellada, una vez se le añade la levadura, y que esa misma cuba ya tiene la salida para el alambique, siendo imposible todo acceso al wash. Esto obliga a elegir a ojo -de buen alambiquista, en este caso- el lugar donde hacer el corte, calculando dónde empieza y donde acaba el spirit,  así que el buen criterio y pericia artesanos resultan vitales.

El spirit se somete a una segunda destilación. Como en el caso anterior, las cabezas y colas tienen menor calidad, y se añaden a los low wines para someterlos, de nuevo, a la primera destilación. Las cabeceras de esta destilación se denominan foreshots y las colas, feints, mientras que el corazón (o sea, la cremita o "lo pata negra" que diríamos en España) se denomina cut.

El someter los low wines, los foreshots y los feints de nuevo a la primera destilación responde, simple y llanamente, a una razón: obtener más whisky (no en vano, los escoceses tienen la misma fama en Reino Unido que los catalanes en España). Pero siempre de buena calidad, ojo.

Y el cut pasa, finalmente, para su envejecimiento, a barricas de roble francés o americano, y generalmente, ya usadas (las botas jerezanas, cada vez más difíciles de encontrar a un precio razonable, son las más cotizadas). ¿Por qué son usadas? Podríamos ponernos poéticos y decir que por el alma que puedan tener, aunque pesa más el hecho de que una barrica nueva absorbería una gran cantidad de whisky (y los escoceses son, como ya se ha dicho, algo agarradetes).

Las barricas se someten a un tostado previo: se enciende fuego dentro para quemar la madera y generar un carbón que, durante el envejecimiento, irá limando impurezas (la legislación escocesa prohibe el filtrado con carbón activo, muy característico, por ejemplo, de los bourbon).

El próximo día hablaremos del envejecimiento y el embotellado.

Foto: Barricas de whisky de malta escocés.

viernes, 13 de febrero de 2009

No pierdas la cabeza por el cuello


A la hora de vestirse hay un detalle al que no siempre prestamos (sobre todo los caballeros) la debida atención, y es la elección del cuello. Nos gusta una camisa, su estampado, y no nos fijamos en si el cuello es el adecuado para el uso que pretendemos darle.

Por ejemplo, no debería, aunque hoy día sea habitual ver a caballeros así, combinar traje de chaqueta, corbata y camisa de cuello abotonado, que es un cuello de sport (o leisure wear, que se dice ahora) y no es el más adecuado para combinar con una corbata. Ya no sólo es cuestión de abotonar o no el cuello, sino que, además, suele ser un cuello menos rígido que nos hace perder buena parte del apresto que pretendemos nos den el traje y la corbata.

Yo, personalmente, prefiero el cuello inglés, que es el cuello de las camisas de vestir por excelencia. Rígido y con los picos largos. No tanto el italiano, más estrecho y con la abertura frontal más ancha (salvo que lleve una corbata de tejido consistente y con un nudo gordo). Yo jamás me pondría (y creo que eso sólo queda bien a los que TODO les queda bien, como Clooney o Pitt) una camisa con cuello italiano y corbata italiana (finita y larga).

Hay un punto intermedio, que algunos llaman el cuello de abertura mediana. Quizás sea la opción más equlibrada por cuanto el inglés da un aspecto demasiado altanero y "estirado".

También son de general aceptación como "de vestir" el cuello redondeado (que a mi no me gusta especialmente) y el de puntas separadas (donde ya entran factores como qué corbata llevamos o, incluso, la moda).

Y si bien es cierto que hay ciertas normas básicas del protocolo, no lo es menos que, por un lado, también hay que elegir el cuello de acuerdo con nuestro físico, y que la etiqueta se ha relajado bastante en estos días y es habitual la supresión de la corbata y ver combinaciones antes impensables (algunas de las cuales son muy del gusto del que suscribe) del traje de chaqueta con camisas de cuello tipo polo, camisetas con cuello a la caja (en primavera y verano) o jerseys de cuello alto (o de cisne).

Luego hay cuellos específicos como el de frac (entiendo que sólo debe combinarse con la vestimenta que le da nombre), o el alzacuellos (vetado a los sacerdotes pero con que me da la impresión de que daría un tremendo sex appeal si se laicizase su uso).

E incluso cuellos muy especiales como el cuello Mao, bonito, estético, pero especialmente difícil de combinar con gusto. Si quieren mi opinión, sólo me pondría camisa con cuello Mao sin traje y con un pantalón tipo kimono, en Japón o en alguna situación que resultase adecuada para ir así (no sé, ¿cenita japonesa en la intimidad?). O bajo un traje con cuello Mao. Problema: Es tan llamativo que con una puesta, "quemamos" la prenda y no podemos volver a exhibirla de nuevo (aunque esto a las mujeres no les supone un problema, antes bien lo contrario).

Luego, podríamos hablar de si el cuello debe ser del mismo color y estampado que la camisa (a mi no me desagradan las camisas de color o rayas con cuello blanco, por ejemplo) y de otras mil cuestiones. Pero eso lo dejamos para otros post.

El caso es que, a la hora de elegir camisa, les aconsejo se fijen en los cuellos. Si tienen la suerte de tener su sastre de cabecera o de ser asiduo del bespoke (del que ya hablamos en este blog), estírense un poco, y que les hagan no sólo el traje, sino también algunas camisas. Seguro que le asesoran debidamente y sale usted hecho un primor.

Y no olviden que, en cualquier caso, la camisa es parte de un todo... elijan el traje y la corbata adecuados, teniendo en cuenta colores, estampados, anchura de la corbata...

¿Qué quieren que les haga? Me gusta no ser el único hombre elegante de una reunión.

Foto: Unas camisas de Henry Poole & Sons, uno de los más reputados sastres de Saville Row

viernes, 6 de febrero de 2009

Burbujas de cine, las de Moët


Ponga en una copa de cóctel 15 mililitros de zumo de granada, 10 mililitros de licor de naranja y un puñadito de frambuesas. Complete con champagne Moët&Chandon White Star... Está usted tomando un Red Carpet Fizz, el combinado con el que deberá sentirse como si estuviera caminando por la alfombra roja del teatro Kodak de Los Ángeles. Al menos eso es lo que pretende la organización de los premios cinematográficos con más glamour del mundo, que ha creado esta receta como parte del Oscar Party Kit con el que propone entretener la velada del próximo día 22 a todos aquellos que la sigan por televisión.

El White Star es el champagne rosado que se propone para la elaboración del Red Carpet Fizz pero no será el único que se sirva en los Oscar; le acompañarán en la degustación los Grand Vintage, Nectar Imperial y Rose. Eso sí, todos de la casa Moët&Chandon, la primera que consigue que sus burbujas sean servidas en este evento en exclusiva.

La pregunta del millón que puebla todos los rincones de Internet en los que ha aparecido la noticia es: ¿Cuánto ha pagado LVMH para poder ser proveedor oficial del champagne de los Oscar? Pero en Hedon&Sibaris sabemos que hablar de dinero es de muy mal gusto, así que les sugerimos que mejor empleen el tiempo en disfrutar de su copa...

Foto: El Red Carpet Fizz, todo un placer para la vista -y sin duda para el paladar-, junto a una botella de White Star de Moët&Chandon.

lunes, 26 de enero de 2009

Toros voladores, arte y buena mesa en la ciudad de Mozart


Los que vayan a Salzburgo, si lo hacen en avión, deberían fijarse al aterrizar en el Hangar 7, una preciosa construcción de acero y cristal que esconde la última creación de Red Bull.

La marca de bebidas energéticas, como bien saben, es de las que más invierte en promoción e imagen en el mundo, vendiendo no su producto directamente sino un estilo de vida. Y en esa línea ha creado en el mismo aeropuerto de Salzburgo el Hangar 7.

Uno de los eventos que patrocina Red Bull es un campeonato mundial de vuelo acrobático. A raíz de esto, y para reforzar esa línea promocional, la marca decidió crear los Flying Bulls, un equipo propio de pilotos acrobáticos con una pequeña flota de aviones y helicópteros destinados y/o adaptados a tales usos. Así, hay desde avionetas acrobáticas hasta Alpha Jets (aviones de caza militares con licencia para vuelo civil) pasando por helicópteros Bell modificados. Además, para transporte de paracaidistas, cuentan con un precioso DC-6B con todo el fuselaje cromado. Y, por supuesto, un equipo de más de 60 ingenieros para cuidar de sus criaturas.

Los Flying Bulls necesitaban una casa, y dónde mejor que en un aeropuerto. Y eligieron el de Salzburgo, donde los chicos de Red Bull, fieles a su filosofía, lejos de limitarse a dar cobijo a su equipo de vuelo acrobático, crearon un bello envoltorio para su residencia.

Así nació el Hangar 7, situado a pie de pista, y anexo al Hangar 8, donde se hace el mantenimiento y reparación de las aeronaves de los Flying Bulls.

¿Y qué el el Hangar 7? Pues viene a ser lo que algunos llaman un espacio multicultural, pero para mí debe ser algo parecido al lounge del Paraíso. Allí, aparte de ver alguna de las aeronaves de los Flying Bulls, o algún Red Bull de Fórmula 1 , hay continuamente exposiciones de arte maravillosas, un restaurante estupendo, el lounge bar Carpe Diem y un bar de copas, el May Day, que abre hasta las tres de la mañana, una hora a la que, en Salzburgo, se lo aseguro, es difícil encontrar quien te sirva un trago.

El restaurante se llama Ikarus, y tiene el placer de tener al frente de sus fogones cada mes a un cocinero relevante del panorama internacional (en febrero, por ejemplo, contarán con Dani García, cocinero del restaurante Calima, de Marbella, y uno de los valores mas cotizados de los fogones españoles).

Así que, si van por Salzburgo, no lo duden: reserven mesa en el Ikarus, vayan un poquito antes para ver alguna exposición, tomen un Dry Martini en el Carpe Diem, y después de cenar, bébanse a mi salud un gin tonic de Hendrick's con pepino en el May Day.

Y luego me mandan un correo para ponerme los dientes largos...

Foto: El Hangar 7.

domingo, 25 de enero de 2009

Pequeña pero matona


Es chiquitita y delicada, rebelde y difícil de cultivar pero empieza a regalarnos vinos que hacen soñar con una botella mágica que no acabe nunca. La Viognier es una uva de origen francés que casi llegó a desaparecer hace cuatro décadas y que hoy se cultiva en distintas zonas vinícolas del mundo, desde Canadá hasta Nueva Zelanda, entre ellas varias españolas.

Se desconoce el origen de su aparición en la zona septentrional del valle del Ródano. Según unos, los griegos la llevaron allí junto a otra de mis favoritas, la Syrah. Según otros fue el emperador Probus quien, allá por el año 281, trasladó la cepa desde Dalmacia hasta Condrieu. El misterio no hace sino más encantadora la personalidad de una uva que produce vinos originalísimos, densos y plagados de aromas de frutas exóticas y flores.

Con entre 1,2 y 1,5 kilos por cepa, el rendimiento de la Viognier, que bien trabajada da lugar a vinos de excelente calidad, es bajo. Mi sugerencia para aquellos que quieran descubrirla es el Vallegarcía Viognier 2006 (15,50 euros en el Club del Gourmet de esos grandes almacenes que M. Le Connaiseur no permite mencionar hasta que no patrocinen este blog), primer 100% Viognier elaborado en España y con el que yo he tenido el inmenso placer de enamorarme de ella.
Déjense fascinar por un vino de pago elaborado por una bodega joven -su primera cosecha fue en 2003- que está instalada en Retuerta del Bullaque (Ciudad Real), en las estribaciones de los Montes de Toledo, y cuyas creaciones no podían llevar mal camino cuando su inspirador ha sido Carlos Falcó. Tan sólo tres de las apenas 25 hectáreas que ocupan los viñedos de Vallegarcía están plantadas de Viognier (el resto se reparte entre Syrah, principalmente, Merlot y Cabernet Sauvignon). El Vallegarcía Viognier tiene fermentación sobre lías y entre sus particularidades está que su crianza en barrica es específica en cada vendimia. La edición 2006 del único blanco de esta bodega encuadrada en la denominación Vino de la Tierra de Castilla se limita a 4.000 botellas. Su precioso tono dorado encuentra continuación en un aroma intenso y un paladar, ante todo, sorprendente: graso, con notas ahumadas sobre la sensación predominante, de frutas exóticas. Otra joya dentro de la cada vez más atractiva oferta de blancos nacionales y que, por cierto, a mí me recuerda a mi todavía no destronado Belondrade y Lurton. Ahora, que el Vallegarcía Viognier es perfectamente merecedor de una medalla de plata. En cuanto a su maridaje, es capaz de sostener incluso a unas anchoas de Santoña. Yo tengo ganas de probarlo con una buena selección de quesos, con los que creo que combinará estupendamente gracias a su fondo frutal y floral, y a su toque goloso.

Andalucía, Baleares, Murcia y, claro, Castilla-La Mancha son las comunidades en las que está autorizado el uso de la Viognier para la elaboración de vino. ¿Será verdad, como se ha llegado a decir, que la pequeña puede poner en jaque el reinado de la mismísima Chardonnay...?

Fotografía superior: La Viognier, una uva extremadamente sensible a las heladas y que debe recogerse en su punto óptimo de madurez para que sus valores aromáticos y gustativos conserven todo su potencial.
Fotografía inferior: Botella de Vallegarcía Viognier.