Es chiquitita y delicada, rebelde y difícil de cultivar pero empieza a regalarnos vinos que hacen soñar con una botella mágica que no acabe nunca. La Viognier es una uva de origen francés que casi llegó a desaparecer hace cuatro décadas y que hoy se cultiva en distintas zonas vinícolas del mundo, desde Canadá hasta Nueva Zelanda, entre ellas varias españolas.
Se desconoce el origen de su aparición en la zona septentrional del valle del Ródano. Según unos, los griegos la llevaron allí junto a otra de mis favoritas, la Syrah. Según otros fue el emperador Probus quien, allá por el año 281, trasladó la cepa desde Dalmacia hasta Condrieu. El misterio no hace sino más encantadora la personalidad de una uva que produce vinos originalísimos, densos y plagados de aromas de frutas exóticas y flores.
Con entre 1,2 y 1,5 kilos por cepa, el rendimiento de la Viognier, que bien trabajada da lugar a vinos de excelente calidad, es bajo. Mi sugerencia para aquellos que quieran descubrirla es el Vallegarcía Viognier 2006 (15,50 euros en el Club del Gourmet de esos grandes almacenes que M. Le Connaiseur no permite mencionar hasta que no patrocinen este blog), primer 100% Viognier elaborado en España y con el que yo he tenido el inmenso placer de enamorarme de ella.
Déjense fascinar por un vino de pago elaborado por una bodega joven -su primera cosecha fue en 2003- que está instalada en Retuerta del Bullaque (Ciudad Real), en las estribaciones de los Montes de Toledo, y cuyas creaciones no podían llevar mal camino cuando su inspirador ha sido Carlos Falcó. Tan sólo tres de las apenas 25 hectáreas que ocupan los viñedos de Vallegarcía están plantadas de Viognier (el resto se reparte entre Syrah, principalmente, Merlot y Cabernet Sauvignon). El Vallegarcía Viognier tiene fermentación sobre lías y entre sus particularidades está que su crianza en barrica es específica en cada vendimia. La edición 2006 del único blanco de esta bodega encuadrada en la denominación Vino de la Tierra de Castilla se limita a 4.000 botellas. Su precioso tono dorado encuentra continuación en un aroma intenso y un paladar, ante todo, sorprendente: graso, con notas ahumadas sobre la sensación predominante, de frutas exóticas. Otra joya dentro de la cada vez más atractiva oferta de blancos nacionales y que, por cierto, a mí me recuerda a mi todavía no destronado Belondrade y Lurton. Ahora, que el Vallegarcía Viognier es perfectamente merecedor de una medalla de plata. En cuanto a su maridaje, es capaz de sostener incluso a unas anchoas de Santoña. Yo tengo ganas de probarlo con una buena selección de quesos, con los que creo que combinará estupendamente gracias a su fondo frutal y floral, y a su toque goloso.
Andalucía, Baleares, Murcia y, claro, Castilla-La Mancha son las comunidades en las que está autorizado el uso de la Viognier para la elaboración de vino. ¿Será verdad, como se ha llegado a decir, que la pequeña puede poner en jaque el reinado de la mismísima Chardonnay...?
Fotografía superior: La Viognier, una uva extremadamente sensible a las heladas y que debe recogerse en su punto óptimo de madurez para que sus valores aromáticos y gustativos conserven todo su potencial.
Fotografía inferior: Botella de Vallegarcía Viognier.
